7.21.2008

In that instant it started to pour

El otro día estaba yo, apoyada en una mesa de la cafetería de la estación cuando apareció el que un día fue lo más parecido a un marido. Iba con una chica muy joven, de un aspecto casi infantil. Ojos azules, pelo castaño claro y unas piernas excesivamente delgadas para mi gusto (y para, el que yo creía, que era el suyo). Olisqueé sus intenciones de fingir mi ausencia y me escurrí entre la gente con mi vestido blanco.
Sus ojos se abrieron como platos y yo empujé a su acompañante, propiciando la caída de su bandeja del desayuno.
-Pero, ¡cuánto lo siento!
La chica murmuró algo con un acento similar al francés mientras él miraba al suelo.
-Yo también lo siento.

Las venas ardían por debajo de la piel de mis brazos. Bombeaba el corazón a mil por hora y mis dedos sólo querían acercarse a su cuello y ejercer la presión suficiente para ver cómo su cara cambiaba de color. Ojalá que me arañase las muñecas, intentando quitarse mi peso de encima. Su pecho subiendo y bajando arrítmicamente, buscando algo de aliento. Y respirar. La tranquilidad que llegaría cuando él relajase los músculos y pusiese los ojos en blanco. Y respirar.

El café me supo salado esa mañana.

1 comentario:

ILussa dijo...

Debio serlo, tambien demasiado delgada para mi gusto.

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